7 enero 2020 15 MIN de lectura

Radiografía del político con Carlos Aragonés y José Enrique Serrano

¿Qué sabemos de los políticos?

“Después de todo, no somos nada más ni menos que lo que escogemos reflejar”

Todos escondemos algo, pero el espacio entre realidad y apariencia es desmedido en el caso de Frank Underwood. Con su asesina sed de poder disfrazada de servicio público, el protagonista de House of Cards lleva a la caricatura la duplicidad que define a todo político: ninguno rehúye el poder (sini Cincinato), pero todos disimulan esa atracción para mantenerse en él. 

Este estereotipo del político esbozado en las películas y series de televisión, sumado al alto nivel de exposición mediática con el que cuentan algunas figuras políticas, provoca que en numerosas ocasiones creamos conocer a los líderes, sus verdaderas motivaciones y las dinámicas del poder dentro de las instituciones y entre los diferentes actores del tablero. Pero a la hora de interactuar con ellos, desconocemos muchos de estos elementos. 

Para resolver esta cuestión, desde el Vinces Institute for Public Affairs (VIPA) decidimos reunir, el pasado 30 de octubre, a dos asesores políticos de larga trayectoria en nuestro país como son Carlos Aragonés y José Enrique Serrano. Juntos suman más de 16 años como jefes de gabinete de tres presidentes de gobierno, dos de los cuales se erigen como los más influyentes de nuestra Democracia: José María Aznar y Felipe González. De Aragonés se conoce su lealtad a Aznar y su vocación liberal, y algún periodista le ha caracterizado como “diletante filósofo, tan iconoclasta en materia política como conservador en usos y costumbres.” De Serrano se ha dicho que es el “político con mayúsculas”, “un profesor de derecho con el Estado en la cabeza.” Ambos son perfectos desconocidos para el público general gracias a una de sus principales virtudes: la discreción, pero entre los profesionales de esta actividad se les reconoce como los grandes tejedores (o fontaneros) de la historia democrática de nuestro país. 

Elena Herrero-Beaumont, Directora del VIPA, moderó, ante una exclusiva audiencia integrada por diplomáticos, corresponsales, jefes de gabinete en ejercicio y directivos de asuntos públicos, lo que fue una animada conversación entre ambos en el Hotel Santo Mauro (Madrid).

A continuación resumimos algunas de sus reflexiones, aderezadas con pequeñas píldoras de investigación académica sobre la cuestión del ejercicio del poder.  

¿Qué mueve al político? ¿Han cambiado las motivaciones para hacer política en los líderes actuales?

Tanto Aragonés como Serrano tardaron en llegar en su larga respuesta al gran móvil del político, que es el ejercicio del poder. Ambos coincidieron en que, aunque en líneas generales cada político tiene sus propias razones para hacer política, sí se observa una evolución en el ya no tan corto recorrido de nuestra democracia, existiendo un fuerte contraste entre las motivaciones políticas actuales y las que existían en el contexto posdictatorial.

James Perry y Lois Recascino Wise definieron en 1990 la motivación de servicio público (public service motivation, abreviado PSM) como el conjunto de motivos generales y altruistas para servir un pueblo, un estado o una nación. Pero Perry impone además una distinción de base, que exige clasificar las motivaciones en intrínsecas o extrínsecas. Al hablar de intrínsecas nos referimos a las que guardan relación con la identidad del político, como el sentido de deber público o el deseo de poder; en cambio las motivaciones extrínsecas dependen directamente del contexto externo, como por ejemplo aumentar su beneficio económico, obtener seguridad en su puesto o avanzar en su carrera. 

Bajo este marco, podríamos inferir, de acuerdo a las reflexiones de Serrano y Aragonés, que los políticos de la transición y los que gobernaron inmediatamente después tenían una mayor motivación intrínseca que los actuales. En el 77 encontrábamos a una clase política compuesta en su mayoría por funcionarios y docentes que, movidos por el ánimo de trabajar en una democracia incipiente, le daban un giro a su carrera en un entorno plagado de incertidumbre. Actualmente cada vez es más común encontrar a altos cargos políticos que han dedicado y orientado su carrera a la política desde el comienzo. “La política ha dejado de ser una actividad para convertirse en un modo de vida,” aseguró Serrano. “Cosa que no es buena.”  

La gran motivación, el poder, es una temática complicada. “Sobre todo hablamos del afán de poder cambiar las cosas que te rodean,” recalcó Serrano. Sintoniza esto con lo que dijo Alberto Ruiz-Gallardón en un sugerente artículo de El País titulado “Cuando la política termina…empieza la vida.” En él, Ruiz-Gallardón aludía a “los ‘superpoderes’ que consienten levantar un teatro, arreglar un socavón, construir un túnel o aprobar una ley cuya energía puede transformar la vida de las personas.”

En esta línea, “el poder” cobra un papel muy relevante para los políticos de raza; cualesquiera que sean las motivaciones y los fines, la obtención y ejercicio del poder se convierte inevitablemente en el eje central de toda carrera política. Para Aragonés, “el poder es positivo por sí mismo, y el poder político el más ilusionante, a pesar del alto riesgo de reputación.”

La erosión del poder

Pero ¿sigue el político “liderando la agenda” como hace medio siglo? ¿se ha visto reducido su papel debido a la delegación de poderes, deliberada o forzada (por abajo, a las Comunidades Autónomas y a la iniciativa ciudadana, y por arriba, a Europa, entes reguladores independientes y a multinacionales o actores económicos? 

Ferrán Izquierdo explica que “en el sistema global, el poder se estructura alrededor de una ideología que es hegemónica en cada vez más ámbitos: el neoliberalismo. Cada vez hay más aspectos de la vida de las personas, y del mundo en el que vivimos, que se someten a las reglas neoliberales y a las decisiones de las élites globales.”

Aquí sorprendió la contundencia con la que ambos respondieron un absolutamente no. Para los dos asesores, el poder del Estado-nación sigue siendo determinante frente a las fuerzas del capital globalizado. El decisor público destruye planes de negocio de la noche a la mañana y puede resistirse a la agenda de Bruselas si así lo desea. Aunque sí que reconocieron una mayor complejidad en el despacho de los asuntos y en los asuntos en sí mismos. 

La razón de Estado

Si hay algo que une a estos dos adversarios políticos como son Aragonés y Serrano es el haber podido asesorar a los dos presidentes con mayor visión de todos los que se han sucedido desde la dictadura. Así lo dijo Serrano: “para mi los presidentes que hemos tenido pueden clasificarse en dos grupos de acuerdo a la visión que tenían para España: Aznar y González por un lado, y por otro todos los demás.” Esto abrió una reflexión sobre la política de Estado tan apelada en la actualidad. 

Ambos coincidieron en que los dos grandes partidos se han venido a repartir oficiosamente las políticas para preservar esa “salud del Estado”. Pusieron ejemplos concretos: la derecha se hace adalid de la ortodoxia fiscal y los ajustes económicos (recortes y reformas), pero es la izquierda quien los acaba acometiendo para sosegar la indignación de sus votantes.

A la inversa, a pesar de ser la prerrogativa retórica de la izquierda, es la derecha quien se hace cargo de “modernizar España” (liberalismo social y otras políticas societales y de género), para evitar desatar los conservadurismos de sus bases. Así, ambos partidos se dan cobertura el uno al otro para que las reformas que ambos consideran necesarias y propias de la “razón de estado” se acaben llevando a cabo con la menor turbulencia social posible.

El concepto de razón de estado no obtuvo definición concreta hasta finales del siglo XVI;. Giovanni Botero, detractor de Maquiavelo,  así lo definía así en Della Ragion di Stato en 1589: “Las medidas excepcionales que ejerce un gobernante con objeto de conservar o incrementar la salud y fuerza del Estado, bajo el supuesto de que la supervivencia de dicho Estado es un valor superior a otros derechos individuales o colectivos”.

La relación con los  intereses privados

¿Y las relaciones entre élites políticas y la empresa privada? ¿Hemos pasado de un modelo donde primaban las agendas y los favores personales, a  otro donde cobran importancia los argumentos basados en la búsqueda de legitimidad social? 

David Córdova, CEO de Vinces, compartió con los ponentes y asistentes que el sector privado sigue aproximándose con una cierta ingenuidad al estamento político, obviando el número tan complejo de variables que incide en el proceso de toma de decisiones. El compadreo en este contexto no sirve para nada, a pesar de lo que muchos empresarios se empeñan en creer o incluso promover. Es por lo que Córdova insiste en la necesidad de construir la legitimidad social de las empresas antes de negociar y defender los intereses corporativos en los despachos de los Ministerios. 

José Enrique Serrano explicó no haber vivido grandes cambios en su interlocución con actores privados en sus siete años en la Moncloa. Al político, expresó Serrano, le ha valido la simple presentación de un interés privado considerado legítimo. Siempre ha habido que convencerle de que es en beneficio del interés general. Coincide en este punto Aragonés, que nunca se ha visto en situaciones complicadas con el sector privado, ni ha vivido el tan denunciado clientelismo. 

Corrupción

Uno de los asistentes pidió a los ponentes que ofrecieran su visión sobre la corrupción. Serrano respondió rápidamente: “no te enteras de que existe hasta que te explota en la cara.” Aragonés ironizó con la idea de que un corrupto puede llegar a ser un buen gestor. Pero reconoció ser un cáncer para el sistema. 


El VIPA es un instituto vinculado a Vinces que tiene como misión desarrollar investigación de alto valor añadido sobre la gestión estratégica de los asuntos públicos en España. Elabora un informe anual sobre el estado de la gestión de los asuntos públicos en empresas que operan en España, que se presenta públicamente en colaboración con la CEOE. Lidera un Grupo de Trabajo de Alto Nivel, integrado por practitioners y académicos de primer nivel.

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