20 junio 2022 7 MIN de lectura

Francia: una cohabitación entre el Elíseo y el Parlamento

«En Francia, lo fundamental ya se decidió en las elecciones presidenciales, que revalidaron a Macron y derrotaron a Le Pen. Ahora, las legislativas completan el cuadro político del país, pero no lo varían sustancialmente.»

 

Quizás deberíamos acostumbrarnos a que el mundo no cambia, ni para mejor ni para peor, con cada una de las elecciones que tienen lugar en la Unión Europea (UE) año tras año. Es verdad que, dependiendo del país y del resultado, la influencia en la Unión puede ser mayor o menor, alentadora o preocupante, pero difícilmente la situarán ante un giro brusco o un riesgo existencial.  Son las virtudes de los defectos; en este caso, el de la enorme pluralidad de los Estados miembros y su orientación federal, que conllevan complejidad y también un reparto de competencias y contrapesos estabilizadores.

En Francia, lo fundamental ya se decidió en las elecciones presidenciales, que revalidaron a Macron y derrotaron a Le Pen. Ahora, las legislativas completan el cuadro político del país, pero no lo varían sustancialmente.

Seguirá siendo un país con una dirección política nítidamente europeísta, fundamental para el funcionamiento de la Unión, seguramente, en uno de los momentos más críticos de la unidad europea: tratando de recuperarse económica y socialmente de la crisis provocada por la pandemia, afrontando el desafío de conseguir la paz en el continente desde sus valores y objetivos y con el retorno de dinámicas que, no por conocidas, son menos negativas. Halcones frente a palomas en la política económica y en la de seguridad y defensa.

Francia tendrá un primer ministro nombrado por Macron, pero no con mayoría absoluta, sino como primera minoría parlamentaria. Es decir, no habrá una cohabitación al uso entre un presidente y un jefe de gobierno de diferente orientación política, pero sí una entre el Elíseo y la Asamblea Nacional, en la que el presidente deberá tejer alianzas para sacar adelante sus grandes proyectos. Podrá hacerlo con la derecha clásica (Los Republicanos) o con partes de quienes se presentaron bajo el liderazgo de Mélenchon y ahora formarán sus propios grupos parlamentarios y/o tendrán su propio criterio como partido: ahí encontrará a los socialistas y los verdes, por ejemplo. Inimaginable que intente nada de eso con la extrema derecha.

¿Eso será malo?, ¿entorpecerá la gobernabilidad de Francia y su papel en Europa y en el mundo? No necesariamente, porque sabemos bien que las mayorías absolutas pueden conducir a errores absolutos, mientras que las relativas bien llevadas pueden favorecer la negociación y la integración de diversos intereses políticos y sociales, reduciendo la conflictividad y aumentando el consenso ciudadano, algo muy característico del proceso de construcción europea, por cierto.

En ese sentido, las legislativas traen dos noticias relevantes. La primera que, si es incontestable la debilidad de los partidos clásicos, no es menos cierto que en la Asamblea Nacional perviven la izquierda y la derecha (en sus diferentes versiones) y el centro, lo que facilitará a la ciudadanía un paisaje claro en el que buscar sus referentes a lo largo de la legislatura dentro del parlamento y no fuera (como ocurrió con los “chalecos amarillos”, por citar un caso). La segunda, que el sistema electoral uninominal, mayoritario y a doble vuelta no ha ahogado la representación en la cámara de todos las corrientes, como hasta la fecha había sucedido con el partido de Le Pen.

Conviene subrayar que el debate electoral francés se ha desarrollado sobre contenidos, con una verdadera confrontación de ideas y programas por encima de eslóganes y frases vacías. Lo que redundará positivamente en la conformación de acuerdos entre las diferentes fuerzas parlamentarias.

Ahora bien, Macron tendrá a su favor algo fundamental: la incompatibilidad entre la extrema derecha y la izquierda en todas sus tonalidades, lo que impedirá -salvo sorpresa mayúscula- pinzas contra natura que derroten las propuestas de su gobierno.

Francia termina en pocos días su Presidencia semestral del Consejo de la UE, desafiada por la guerra en Ucrania -con sus terribles costes humanos y sus consecuencias geoestratégicas y económicas- y el retorno de la ortodoxia al Banco Central Europeo ante una inflación que poco tiene que ver con la causada por factores clásicos, para decirlo todo.

Pero su papel en la UE, en la capacidad de esta para gestionar la/las crisis pensando ante todo en defender los intereses y aspiraciones de su ciudadanía desde sus principios y su independencia, seguirá siendo clave. Ver la foto de Macron, Scholz y Draghi juntos en un vagón de tren en marcha hace unos días era tan evocador como tranquilizador.

Día a día, España se aproxima a su Presidencia del Consejo de la UE en el segundo semestre de 2023. Si la paz llega pronto, se recupera con fuerza el crecimiento y bajará la inflación, la española puede ser una presidencia en la que la UE dé no solo un salto cuantitativo sino cualitativo en su profundización política. No dejaremos pasar esa oportunidad, seguro.

 

 

Carlos Carnero,

Senior Advisor en Vinces Consulting

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